DATA Endógena #2 | Singapur, el cliente que necesitábamos: poca tierra, sin arancel
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Singapur, el cliente que necesitábamos: poca tierra, sin arancel
El 15 de septiembre Argentina promulgó la ley que ratifica el acuerdo de libre comercio con Singapur, el último de los cuatro socios fundadores del Mercosur en hacerlo. El dato que hace interesante a este mercado, más allá de lo geopolítico, es simple: Singapur tiene casi nula superficie agrícola, por lo que importa el 90% de los alimentos que consume. Con 5,6 millones de habitantes y una red de 28 acuerdos de libre comercio ya en vigor, es un país que necesita abastecerse de alimentos en cualquier parte del mundo, y ahora, gracias al acuerdo, esa fuente puede ser el Mercosur con arancel cero.
La asimetría es marcada, y favorece a nuestro lado del trato. Singapur elimina de inmediato el 100% de los aranceles a todo lo que le vendamos, desde el primer día de vigencia. El Mercosur, en cambio, libera sólo el 25% de las líneas arancelarias de entrada, y recién llega al 95,8% de los productos singapurenses después de 15 años. Entre los rubros con acceso preferencial inmediato figuran carne bovina, porcina y aviar, lácteos, soja y celulosa: buena parte de las cadenas que seguimos desde Endógena quedan directamente adentro.
¿Cómo se explica que Argentina haya llegado última? El mecanismo del acuerdo tiene la misma lógica que ya vimos en UE-Mercosur: entra en vigor de a pares bilaterales, no como bloque, y cada socio lo activa en cuanto termina su propio trámite interno. Mientras acá se discutía en el Congreso, los otros tres ya habían cerrado el acuerdo en sus parlamentos.
El acuerdo en desacuerdo y el problema con la carne brasileña
El 2 de septiembre los cancilleres del Mercosur se juntaron en Montevideo por primera vez en 12 meses en formato informal. Más de tres horas después, la conclusión fue la misma que venimos repitiendo desde mayo: siguen sin acordar cómo repartirse la cuota de carne bovina que abrió el trato con la UE. Próxima cita, en 45 a 60 días.
El nudo no cambió: Paraguay insiste con un reparto igualitario del 25% para cada socio, mientras Argentina y Brasil, con posiciones más cercanas entre sí, prefieren criterios que reconozcan la capacidad exportadora de cada uno. La discusión se da en un contexto de fuerte crecimiento brasileño: 47.462 toneladas exportadas a la UE entre enero y junio de este año, contra 30.000 en el mismo período de 2025, un salto que no le cayó nada bien a sus socios del bloque.
Justo en medio de esta discusión, la UE le cerró la puerta a Brasil por otro motivo. Desde el 3 de septiembre, Brasil no puede exportarle a la UE productos de origen animal. La decisión había sido tomada por la Comisión Europea el 4 de junio, dándole a Brasil casi tres meses para acreditar que cumplía con las restricciones europeas sobre uso de antimicrobianos. No lo logró. Aves y miel podrían reactivarse pronto, ya hay inspecciones en curso, pero para la carne bovina ni siquiera se presentaron garantías.
El cruce no es casual: las importaciones de carne brasileña son el punto más resistido del acuerdo entre los productores europeos, que denuncian estándares sanitarios más laxos para los proveedores latinoamericanos. Mientras tanto, el sector privado ya negocia en Montevideo una fórmula de compromiso (un tercio en partes iguales, un tercio por antecedentes, un tercio por orden de llegada), que Paraguay todavía no firma.
Lo que la investigación global dice sobre productividad agrícola (y por qué nos interesa)
Como cada mes, nos gusta acercarte un trabajo que le hace zoom out a la coyuntura, e indaga en las grandes preguntas: un trabajo que sintetiza mucha evidencia sobre la productividad agrícola en los países en desarrollo, publicado en septiembre de este año por VoxDevLit. Lo escribió un equipo de siete investigadores liderado por economistas de las universidades de York y Toronto.
Uno de los hallazgos que más resuena con nuestro propio diagnóstico: en teoría, el comercio funciona como amortiguador climático, porque le permite a una región golpeada por el calor importar alimentos de otras zonas menos afectadas y volcar recursos hacia sectores no agrícolas. El problema es que ese mecanismo casi no llega a quien más lo necesitaría: los países más pobres importan apenas el 9% de sus alimentos, contra el 45% de los países ricos. El resultado es una trampa perversa, lo que el trabajo llama el "problema del alimento": cuando el cambio climático les pega a estos países, en vez de compensar con importaciones terminan volcando todavía más mano de obra y recursos a la agricultura local, solo para cubrir lo básico, aún cuando la productividad viene cayendo. Y la razón de fondo no son los aranceles, sino los costos de transporte, la infraestructura deficiente y la fricción regulatoria y logística, exactamente el tipo de obstáculo que venimos señalando en nuestros informes cuando hablamos de sistemas digitales y de trazabilidad que no se hablan entre sí. La conclusión de política del trabajo es directa: bajar esos costos e invertir en infraestructura de transporte es de las estrategias de adaptación climática más efectivas que existen, porque le da a los mercados margen para absorber los golpes que el clima le pega a la producción.
El trabajo tiene más para ofrecer a quien quiera profundizar: capítulos sobre por qué los "estándares" y las "mejores prácticas" no siempre viajan bien de un país a otro, sobre el rol de la tecnología y la mecanización en el campo, y sobre cómo buena parte de las políticas agrícolas funcionan más como un seguro frente a la incertidumbre que como una herramienta directa de productividad. Vale la pena tenerlo a mano.
Mg. Ana Laura Catelén